“Sólo los grandes hombres pueden tener grandes defectos”.
Duque de la Rochefoucauld
¡Enrique Rivero Vélez ha muerto!
Con su deceso, termina de morir también una época en Moquegua. La era de aquellos que crecieron en el entorno de Mariátegui, de Haya de la Torre y de tantos otros políticos y pensadores que vivieron y sufrieron el Perú y sus provincias, pensando en servir y no en servirse. Porque si algo tienen en común Mariátegui, Haya y Rivero Vélez es su intenso amor por la patria grande, que en el caso de don Enrique se ampliaba a la patria chica: Moquegua… y el haber vivido y muerto dejando como ejemplo una limpia vida pública, muy alejada de la vanidad y la riqueza fácil: a los tres mucho se les puede criticar en el campo de las ideas o de su actividad política, pero en ningún caso se puede decir que lucraron con ellas. Es más, en nuestra patria, con medios y personajes acostumbrados al escándalo fácil y a lapidar sin el más mínimo escrúpulo el honor de las personas públicas, jamás nadie se ha atrevido a insinuar siquiera, que alguno de ellos tuvo algo que ver con un acto de corrupción. Y en este momento cabe mencionar que hasta hace dos siglos el concepto de patria –algo que fondo continua vigente tal como lo vemos y sufrimos los moqueguanos en el caso de Toquepala, de Suches, la distribución del canon minero y otros casos—actual no tiene más de dos siglos de existencia. Por patria uno entendía y sentía a la región o la ciudad donde uno nacía, crecía y vivía. Acaso nos hemos olvidado, por citar un ejemplo, de las luchas incesantes entre ciudades vecinas como Florencia y Venecia en la península itálica. Y en este espacio me permito citar a Renán, cuando se pregunta hace más de dos centurias en su obra ¿Qué es una Nación? “Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas que, a decir verdad, no son más que una, constituyen esta alma, este principio espiritual. Una está en el pasado, la otra en el presente. La una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer la herencia que se ha recibido indivisa (...). La nación, como el individuo, es la consecuencia de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios, de desvelos (...). Un pasado heroico, grandes hombres (...), he aquí el capital social sobre el cual se asienta una idea nacional. Tener glorias comunes en el pasado, una voluntad común en el presente; haber hecho grandes cosas juntas, querer hacerlas todavía, he aquí las condiciones esenciales para ser un pueblo. Se ama en proporción a los sacrificios soportados, a los males sufridos. Se ama la casa que se ha construido y que se transmite (...). Una nación es pues una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y los sacrificios que todavía se están dispuestos a hacer. Supone un pasado; se resume, no obstante, en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de continuar la vida en común. La existencia de una nación es un plebiscito de todos los días”; consulta cotidiana en la cual, al menos en esta patria chica que es Moquegua, la respuesta tiene que ser positiva. Porque gracias a Dios, hemos tenido --y debemos crear las condiciones para que continúen surgiendo--, hombres y mujeres dignos de imitar, como por ejemplo: Domingo Nieto, Mercedes Cabello, Lino Urquieta, Atilio Minutto en el pasado, tradición que felizmente en gran medida ha sabido rescatar en su vida personal, profesional y pública, don Enrique Rivero Vélez, de quien heredamos el ejemplo de su limpia y brillante vida, en la que siempre ha tenido como norte el bienestar de Moquegua. Y aquí, con el permiso de los lectores, tengo que hacer público que conocí a Don Enrique en la ciudad de Lima cuando tenía 18 años, donde compartía una oficina con mi tío Pepe. Son pues, cerca de cuarenta años en los cuales he tenido el placer amical de haber aprendido muchas cosas de su ejemplo personal, entre las que cito, aparte de su capacidad intelectual, su honradez inmaculada y amor a Moquegua…Cabe destacar además un hecho singular: siempre, aun ocupando cargos tan distinguidos como ser diputado o senador cuando los parlamentarios tenían más prestancia y poder, incluso cuando fue Presidente de la Cámara de Diputados, o embajador en Costa Rica, siempre supo ser: EL MISMO…un hombre humilde en su grandeza, un hombre sabio siempre dispuesto a ayudar, con la mente y el alma dispuestas para recibir nuevas ideas y proyectos. En suma, era mucho más joven que muchos de nosotros.
Don Enrique, descanse en paz. Usted ha vivido, cuando lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente tan solo existe…
¡Lástima que no indiquen quien es el autor!
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